domingo, 11 de noviembre de 2007

Tutankamon o la extraña fábula

"¿Cómo sabés qué es lo que te mereces?". Esa fue una de las preguntas con las que me abordó durante una entrevista de trabajo uno de esos extraños maniquíes que pertrechados con el uniforme de alto ejecutivo trataba de psicoanalizar cualesquiera de mis escorzos con el único fin de vislumbrar el grado de semejanza que podía tener con ese eidético perfil que dejaban escapar cada una de sus palabras fieles al vocabulario interno de la empresa. Convertida en una especie de sombra, deshumanizada como todos aquellos que regeneran el delirio lorquiano , emulando a aquellos vacilantes insomnes que deambulan por entre los departamentos, apuntaba mis respuestas codificando mi identidad y mi destino en unas pocas casillas sin el más leve síntoma de emoción.

En un malabar juego de manos mi libertad para decidir qué hacer con mi vida se vio mermada, azotada por el latigo de la realidad. No posees todos los caminos, tan solo unas pocas sendas; cuando creas verte en la encrucijada frunce el ceño pues será otro el que eliga por ti. La feudalización laboral ha quitado la razón al pobre Whitman. El viejo Walt no comprendía como los breves sintagmas de una biografía podían siquiera pretender exponer o describir un segundo de una vida, cualquiera que fuera. Un individuo generaba una intensidad tal de libertad que resultaría inabarcable para el más erudito de los historiadores, para el más brillante de los biólogos.

Ahora un sintético párrafo da cuenta de millones de zombies que pululan sin pena ni gloria por el descarnado mundo. Uno de esos espectros con corbata tiene en sus manos la totalidad de mi bienestar, prepara la alquimia venenosa para transformarme en oscura sombra. Mi corazón henchido, émulo de Perceval, corre presto a su encuentro. ¿Quién decide qué es lo que mereces? ¿Quién evalúa y determina en última instancia la justicia que ampara tu libertad para el bienestar? ¿Quién escribe sobre unos pocos prejuicios quién eres y en qué te vas a convertir de manera irremediable? ¿Quién o qué, conjuga pues, este baile de ficciones en el que se ha convertido nuestra sociedad, capaz de hacer creer a un joven licenciado que sus posibilidades se reducen a la fortuna o a la inoperancia de algún desaprensivo que en un gesto de justicia poética conceda, merced a su ignorancia, un trabajo digno a este pobre sujeto? Eso mismo se anda preguntando el joven y fúnebre Tutankamon, insospechada pareja de baile para este filósofo que les habla.

Mi comunión con el ya veterano faraón se debe a dos factores que se han convertido irremediablemente en parametros básicos para la comprensión del estado que nos envuelve: la injusticia social enmascarada de un lado; la deformación de la historia del otro.

Cuando el joven Tutankamon corría, según algunos, he de suponer que el aire, merodeaba entonces la piel, con la misma suave caricia que hoy lo hace cuando agito la mano y lo divido en infinitas líneas invisibles. Son aquellos que aún creen que el pasado es inamovible y que sólo fluctua el presente y el inescrutable futuro. O más bien son aquellos que nos pretenden hacer creer en esa fantasía que inmoviliza el pasado. ¿Porqué? muy sencillo. Si el pasado es inamovible, si la Historia enseña los acontecimientos que ya no pueden modificarse, si creemos que aquello que cuentan de Antístenes y Napoleones es cierto, si vislumbramos esa objetividad histórica entendida como una erudicción de los hechos, legitimamos de forma encubierta la manipulación del discurso que genera lineas causales para modular el presente.

Para los más profanos, asentiremos sin vacilar cuando se nos diga que la Guerra es consecuencia de una nefasta política repúblicana, cuando se nos informe del contenido de algunas obras en principio generadoras de terrorismo etc. Aceptaremos sin más nuestro particular destino, en virtud del cierre irremediable de nuestra identidad en unas pocas líneas dibujadas por aquellos interpretes de la "Historia" que obvian la maleabilidad de su objeto. Se nos hará creer que no podemos hacer nada más para cambiar las cosas, que solo unas pocas posibilidades se presentan factibles debido a este hecho o aquel, mientras los que dirigen los destinos, aprovechan lo vácuo del pasado para reinventar instituciones, líderes y enconados enemigos.

Koselleck nos enseña que el tiempo es discursivo, que se genera a traves de la hermenéutica y que la objetividad histórica solo se obtiene en la relación de las distintas categorías que regulan el tiempo mismo. El historiador debe ser consciente de que la historia no se descubre, se crea, y el ciudadano debe estar más alerta aún, pues la historia es el principal arma para generar identidades, esas que parecen delimitar aquellos que presumen de ser eficaces tan solo por llevar un distintivo empresarial. Una identidad que no solo se conforma con la manipulación tanto de los hechos como la interpretación de los mismos, sino que se modifica a traves de las diferentes trabas que la sociedad impone a aquellos que quieren hacer oir su voz y se ven incapaces de desarrollar todo su potencial.

Tutankamon y su trágica historia es el paradigma de la voz democrática hoy silenciada de los filosofos. En la soleada tarde cairota alguien decide que su destino, elegido en libertad por el joven egipicio, no es el abismo, ni el metafísico encuentro con su alma para el posterior viaje con Ra, sino una confortable vitrina, donde servirá de improvisado escaparate para el particular deleite de impresionados turistas que de repente conparten con el joven faraón su malogrado "descanso" eterno.

Ese parece ser también nuestro sino, alguien estructura nuesta trayectoria ahogando en insatisfacciones todas las posibilidades que como licenciados tenemos. La ficción que se genera a nuestro alrededor regula la inmersión de algunos mediocres y oculta de manera eficaz la injusticia que se comete con nosotros (cómo demostrar que se nos suspende o se nos priva de becas por ser mejores). Asistimos mudos a la deformación de las ideas, a la casuística "orientalista", sin poder siquiera protestar pues los grilletes laborales que arrastramos nos impiden maximizar más el tiempo de estudio si no queremos perecer en el intento debido a que un buen día se nos olvidó dormir. Alguien ha decidido ya que seamos teleoperadores, albañiles, reponedores, que nuestra identidad se limite a aquello que en la vida pública apenas incide, nuestra historia se reduce al 12-1 a Malta, al descubrimiento de América y a qué felices somos en este rincón del mundo.

Al igual que a Tutankamon nos han metido en una claustrofóbica urna, han reducido nuestro espíritu a mero engranaje. Pese a todo, faraón y filósofo guardan un "as" en la manga. El rostro irreductible de la momia denuncia imperturbable la injusticia de su situación, nadie que se pasee y la vea puede irse sin sentir que aquel no es su sitio, que es testigo de una atrocidad, pues su mirada perdida hace miles de años aún busca ser encontrado por el alma errante . El filósofo resiste de igual manera, haciendo fortaleza de su espíritu, escrutando los textos infatigable, parapetando toda la basura que lo rodea, haciendo honor a esa verdad que es solo constructo, pero que no por ello es relativa; la objetividad de la misma reside en la amplitud de miras, en la justa descripción de ideas y hechos, y no en la simplificación pedagógica que a algunos sirve, para generar conflicto y mantener status de sospechosa genética.

Movamos a Tutankamon, no nos convirtamos en mera metáfora de este tiempo que nos tocó vivir, rebasemos los límites de lo que según algunos presumiblemente somos, y digamos la verdad sin tapujos. Si paseais frente a mi vitrina, por favor hechadme una foto.


1 comentario:

Anónimo dijo...

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